Las puertas de la fe son marrones

Antonio Montero / Opinión

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las puertas de la fe son marrones

Parroquia de San Pío X, La Línea (Cádiz)

Las pasadas vacaciones por mi pueblo observé el Año de la Fe desde un nuevo ángulo. Ya sabéis, la famosa Puerta de la que tanto hablan nuestros obispos durante estos últimos meses y que reconocemos fácilmente por el logo de la barca.

Podrá parecer una verdad de perogrullo pero la puerta de la fe, como yo la veo, no está formada por una sola hoja sino por dos y son como las de mi parroquia: dos hojas oscuras de madera barnizadas, dividida en dos alturas para dejar pasar los pasos de las Cofradías y labradas con cruces griegas por los cuatro cuarterones que la componen. Las mismas que traspasaron mis padres para bautizarme y que seguí cruzando miles de veces hasta el día de mi confirmación; las que fueron testigos de una vocación inquieta que cristalizó en ordenación sacerdotal. Son los portones que nos observan mientras lloramos o rezamos por alguien y también las que siguen aguantando el dolor de los que, sobre ellas, se apoyan para pedir techo y pan. Sí, las puertas de la fe que yo conozco son marrones y están bien engrasadas.

Sólo es cuestión de tomar algo de distancia y de tiempo para ser consciente de todo lo que realmente significa pasar por debajo de sus jambas. Me lo recordó el propio Benedicto XVI mientras releía su Carta Apostólica para este Año de la Fe, Porta Fidei: “«La puerta de la fe» (cf. Hch 14, 27), que introduce en la vida de comunión con Dios y permite la entrada en su Iglesia, está siempre abierta para nosotros. Se cruza ese umbral cuando la Palabra de Dios se anuncia y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma. Atravesar esa puerta supone emprender un camino que dura toda la vida”.

Antes sólo tenía ojos para observarlas desde fuera pero nunca pensé que ahora, desde dentro, dos planchas de madera te hicieran recapacitar tanto sobre el camino de fe recorrido. Así fue cómo me vino esta pequeña reflexión sobre las puertas de mi parroquia, teniéndolas como testigo inmutable, aparentemente inertes, de mi vocación cristiana. Estoy seguro de que a partir de ahora las valoraré mucho más y no pasaré delante de ellas sin devolverle una mirada cómplice por lo mucho que he vivido al cruzarlas.

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