Mis recuerdos del cónclave de 2005

Padre Ignacio Galán / Gabinete Prensa-Cádiz y Ceuta

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Hace ocho años, tuve la gracia de ser enviado a un “curso de actualización sacerdotal” a Roma. Eso que, ya de por sí, es una oportunidad maravillosa para un sacerdote, se hizo aún mayor porque coincidió con la muerte de Su Santidad Juan Pablo II, el cónclave, y la elección de Su Santidad Benedicto XVI. Todo esto lo viví con gran emoción porque son dos hechos que como sacerdote y apasionado de la historia me llenaron.

Recuerdo todo el periodo de la muerte de Juan Pablo II, con la venida de los cardenales, que se instalaron en roma para el funeral, y preparaban de paso el conclave, ya que durante todo el periodo de sede vacante tenían que ser ellos los que dirigiesen la iglesia. El espectáculo a nuestros ojos era algo impresionante, porque junto a todos esos hombres de Iglesia, que tenían que realizar una labor importantísima para todos los católicos, también veíamos la presencia de teólogos, a los que se les preguntaba sobre los nuevos desafíos que se le presentarían al nuevo Papa, de comentaristas de política internacional, que hablaban de la situación del mundo, etc. Lógicamente lo que más se notaba era la emoción, que no afectaba sólo a los que vivían en Roma, o eran miembros activos de la Iglesia, sino a todo el mundo, por mucho que algunos grupos quisieran quitarle importancia.

El día de la inauguración del cónclave, asistí a la misa del Espíritu Santo dentro de la Basílica Vaticana. Sobrecogedor asistir allí a la misa de todos los cardenales, presidida por el decano, Ratzinger, que habló claramente sobre el grave riesgo, que es lo que más está  afectando a los hombres, del relativismo, (el todo vale, y el nada es bueno o malo). La procesión por la tarde de los cardenales hacia la Sixtina, para el rezo, y la rápida, rapidísima, elección, (sólo tres “fumatas” para tener al nuevo Papa) en ese momento, yo estaba en la plaza de San Pedro, comprando unos sellos, para enviar la típica postal de recuerdo, que se conservaba con los sellos de la sede vacante. Y fue un momento muy emotivo, aunque con contraste de emociones. Cuando escuchamos el nombre mucha gente se quedo en silencio. A Ratzinger se le había presentado siempre como el malo. Era mayor, ¿Qué iba a pasar?

Se empezaron a escuchar comentarios que rompían con esa imagen negativa de Ratzinger. Incluso por parte de los teólogos prohibidos, como Küng. En este sentido, fueron muy importantes las intervenciones de Gustavo Gutiérrez, padre de la teología de la liberación, y teólogo de la reunión de aparecida, en Brasil, que nos aclaró bien quién era ese hombre que había sido elegido pontífice de la Iglesia universal.

Y llego la toma de posesión. Y nos cautivo a todos con su homilía, en la que nos habló de las insignias , y en especial del palio, al que comparó con la oveja que va sobre los hombros del buen pastor, para declarar que esa era su misión: buscar a la oveja perdida, y hacer que vuelva a casa, a nuestra casa común, la Iglesia.

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