Para dar frutos (Cuaresma 2013)

Juan Piña / Opinión / Gabinete Prensa-Cádiz y Ceuta

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Con el tercer domingo de la cuaresma nos adentramos en el núcleo de este tiempo que quiere disponernos para que la próxima celebración pascual sea una realidad en nuestras vidas y en la comunidad creyente.

La cuaresma del ciclo C nos permitirá nuevamente la contemplación del misericordioso rostro de Dios. El hijo pródigo y la mujer sorprendida en adulterio, vienen precedidos por la parábola de la higuera estéril que ocupa nuestra atención este domingo.

Para convocar a sus oyentes a la conversión Jesús se vale una vez más de una sencilla imagen tomada de la cotidianidad de sus destinatarios: alguien que tiene plantada una higuera en medio de su viña y que años tras año defrauda sus expectativas porque no da fruto. Se dispone a tomar la decisión más razonable cuando, contra toda sensatez, el viñador reclama aún otra oportunidad. Va a cavar a su alrededor, va a cuidarla con esmero, a ver si esta vez da fruto.

El Dios que nos revela el Señor quiere nuestra conversión más radical, una transformación profunda para desarrollar un estilo de vivir fructífero, más atento a las necesidades de los otros que a nuestros propios intereses.

Su invitación a la conversión nos llega desde la acogida, desde la aceptación de nuestros seres. Nos trata como ese viñador. Cuidándonos espera nuestra evolución y crecimiento. Sabe bien que el rechazo, la crítica agria, el reproche continuo no provocan el cambio en las personas, sino  la amargura y  la frustración. Somos como aquel del poema de A. de Mello al que continuamente la gente le repetía: “tienes que cambiar”. Y por más que se lo repetían y lo intentaba no lograba mejorar. Todo lo contrario. Además cada vez se sentía peor. Hasta que llegó alguien que le dijo: “me gusta cómo eres; no cambies”… Entonces cambió.

Jesús nos manifiesta así su peculiar modo de mirar la vida y a las personas. El estilo de su mirada es también el de su discipulado y el de comunidad eclesial. Una mirada que sabe valorar lo positivo del mundo y de sus gentes, los profundos valores que en nuestro tiempo se identifican con los valores del Reino. Conectados con ellos podemos hacer avanzar a este mundo que Dios ama y que es creatura suya. Como proclama el Concilio: “Es necesario conocer y comprender el mundo en que vivimos, sus esperanzas, sus aspiraciones y el sesgo dramático que con frecuencia le caracteriza” (GS 4)

Nuestro estilo de actuación viene sugerido por el del viñador de la parábola: cuidar con esmero aún aquello que aparentemente es estéril y procurar el crecimiento de lo minúsculo. Es un estilo fundado en una esperanza: es el mismo Dios quien riega.

Un pensamiento en “Para dar frutos (Cuaresma 2013)

  1. no debemos ser profetas de calamidades que sepamos hacer criticas constructivas y aprendamos a comprender y tener entrañas de misericordia y con nuestras vidas desde la fe contagiemos una fe alegre

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