El profesor de Religión: Testigo de la fe en el ámbito educativo

Manolo López / Gabinete Prensa-Cádiz y Ceuta

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Los profesores de religión en los centros educativos, hoy más que nunca, ejercen una gran labor en la educación integral de los alumnos. Tarea que no es posible relegar o sustituir. Muchas familias en coordinación con los profesores, buscando una buena educación de sus hijos, no escatiman medios y tiempo para que estos pilares sean sólidos, con vista a un futuro.

Para algunas personas, los profesores de religión pueden entenderlo como una salida profesional, pero por encima de todo ello, hay una identidad, una forma de entender la vida, la persona. Una forma de hacer presente a sus alumnos que hay algo más que lo puro material que nos rodea.

Los datos estadísticos que acaba de publicar la Conferencia Episcopal Española, dan una visión importante de esta gran labor. Un 66,74% eligen esta enseñanza dentro de los diferentes niveles educativos de educación Primaria, Secundaria o Bachillerato. En definitiva dos de cada tres alumnos optan voluntariamente por la educación católica.

El profesor de religión en los centros educativos tiene justificada su presencia por la normativa legal vigente, pero una cosa es la normativa y otra la realidad de cada día. La clase de religión se ve cada curso escolar sometida a un plebiscito, donde los padres eligen que sus hijos cursen religión o atención educativa, y sin embargo cada año, se mantiene el número de alumnos que piden continuar en clase de religión.

En nuestra diócesis, estos datos no difieren mucho del conjunto nacional, incluso hay centros donde la opción es superada a la media nacional. En general los horarios para las clases son distribuidos como cualquier asignatura, pero también hay algún centro donde las clases de religión son colocadas a primera o ultima hora de la jornada, siendo una invitación más para que no sea elegida,

Los profesores de religión tienen una trayectoria muy importante por la formación, compromiso en los centros educativos, por la implicación con los alumnos y padres, y en definitiva, por una dedicación por encima de su jornada laboral participando, organizando y contribuyendo para que los alumnos reciban una educación de calidad, sepan ser críticos ante la realidad que les rodea… y sepan ser personas maduras que aman y respetan la vida desde su concepción hasta la muerte.

Los padres eligen cada año para sus hijos clases de religión, no tanto porque nada malo van a aprender, sino porque tienen la seguridad, la certeza, de que los profesores de religión pueden aportar mucho en la educación de sus hijos. No son tutores de ninguna clase, porque la normativa en la comunidad andaluza no lo contempla, a diferencia de otras comunidades, pero eso no quita para que muchos, muchos profesores de religión ejerzan de “tutores” en el acompañamiento, seguimiento, discernimiento de estos niños, adolescentes y jóvenes, en esta etapa de formación tan importante.

Los profesores de religión por otro lado, ofrecen a los alumnos de manera sistemática, una formación académica sobre las principales verdades de la fe cristiana. El ámbito educativo no es el lugar para la catequesis, no es catequesis. Para diferenciarlo podríamos decir, que en los centros educativos se acentúa el aspecto del conocimiento (una formación cristiana en relación y diálogo con los conocimientos y la cultura que el ámbito educativo transmite), mientras que en las parroquias y comunidades religiosas, se pone el acento en la vivencia de la fe. No son dos cosas contrapuestas, sino complementarias.

Los alumnos que cursan religión año tras año, encuentran en sus clases un enriquecimiento personal y educativo. Les abre las puertas para otras disciplinas, les hace sensibles a la situación actual de la sociedad, y afrontan la vida con sus caras no siempre alegres, de una manera optimista, esperanzadora y comprometida.

El profesor de religión, en definitiva es testigo de la fe en su ámbito, en relación con otros compañeros, alumnos, padres, comunidad educativa. Es portador de un mensaje, de una esperanza, de una promesa de salvación en Jesucristo.

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